Con el pasar de los años, Antonella
aún recordaba el olor a metal filtrándose por su nariz, llenando sus pulmones, ahogándola,
cualquier objeto quemado la trasladaba a aquella sala carbonizada en donde su
esposo había desaparecido.
En aquel tiempo
ella poco sabía lo que le deparaba el futuro, al comienzo solo fueron las
murmuraciones, "A matado a su esposo y ha ocultado el cuerpo" Decían.
Luego
vinieron las investigaciones, la policía, pero tan pronto Antonella relató la
historia de la desaparición de Marco, se presentaron los psiquiatras quienes
evaluaron su estado mental.
"Sufre
una severa distorsión de la realidad, probablemente el trauma del hecho ha
ocultado el incidente en su subconsciente, no hay duda de que su condición
mental es inestable, potencialmente paranoica." Luego de aquello fueron
años de reclusión psiquiátrica, día tras día vio su belleza opacarse, perdió la
fantasía de rulos que acompañaba su rostro moreno, y el gesto infantil que
caracterizaba su sonrisa quedó en el olvido en aquellas frías salas de
concreto, rodeada de enfermos.
Los auxiliares
del lugar la escuchaban decir siempre lo mismo" Tres cabecitas, seis
manitas, seis piecitos" Y las frívolas trabajadoras suponían que eran
frases sin sentido, aunque eso no era cierto, Antonella recordaba haber dado a
luz a tres bebés durante los primeros meses de internación.
A pesar
de saber y sentir en su entraña que la semilla de la maternidad había fecundado
le era negada esa realidad, aludiendo que ella solo lo imaginaba, así pasaron
los años y aunque la sedaban y sometían a extraños exámenes, en su mente
recordaba, tres cabecitas, seis manitas y seis piecitos.
Cada día
era igual al anterior y en la mente de Antonella parecía que solo era un día
que se repetía vilmente, pero era incapaz de oponerse, su voluntad estaba
doblegada por los narcóticos, y su mente confusa por los tratamientos, todo
hacía pensar que aquel edificio de paredes grises vería el final de sus días,
solo que no fue así. Fue una noche que ella vio una luz colarse por su puerta y
supo por instinto que venían por ella, así como habían ido por su esposo, fue
un segundo de sublime claridad mental, pudo tener miedo, pudo querer
huir...Pero no, supo que el momento de la revelación había llegado y en su.
frágil semblante se dibujó una sonrisa, y Antonella envuelta en un humilde
atuendo de lino y algodón se puso de pie a la espera de lo asombroso.
